Odisea

humana

Unos

Autistas al rescate de tus normas

fotografía consciente Stephan Vallott

En las islas de granito había construido catedrales de silencio, pasaba de alcobas en terrazas abiertas sobre el océano de la vida. En las islas de la soledad había abierto la puerta hacia un mundo discreto e inmenso. Era duro, era áspero y ventoso, pero puro. Hasta el día de hoy basta con cerrar los ojos para volver a compartirme con mis seres de silencio y de misterio.

Dicen que el azar no existe, que las coincidencias son en realidad co-incidencias, un gran complot que trabaja para que se realicen planes mágicos. Dicen que hay un propósito en toda cosa, en cada sonrisa, en cada lágrima. Dicen que los pasos que damos hoy son las huellas que dejaremos en las montañas y en los mares del futuro. Dicen que todo es para algo y que nada es para nadie.  

No sé nada de estos complots del universo pero era cierto que estaba listo para encontrarme con los Autistas, aquellos cohetes del silencio que fuimos lanzando en las órbitas de nuestras razones ruidosas.

Joffrey

Te agarra la mano. No sabes qué hacer, solo te rindes. Joffrey inclina la cabeza hasta encontrar  tu mano y se rinde. Descolocado, no sabes qué hacer con tu propia mano entonces dejas que se mueva  por el pelo suave de Joffrey. Observas como su cuello se balancea buscando el ángulo perfecto para ser tocado, ahí en la bóveda del silencio. Es la primera vez en tu vida que un ser humano te agarra la mano para que lo acaricies, sin decirte nada, ni siquiera su nombre. Es la primera vez que saltas las barreras normativas, observando tus dedos sueltos paseando sin vergüenza en el pelo de otro ser humano,  que sabe tu nombre en forma de silencio.

En un pequeño gesto Joffrey acaba de borrar 2000 años de contención represiva de los cuerpos y tú, desconcertado en esta imagen tienes miedo porque las referencias se fueron volando como aquellos pájaros que Joffrey mira por la ventana. Te llevo hasta ahí, delante de tu propia historia, delante del marco de luz. Los dos mirando a fuera el silencio. No hay nada especial, solo el patio exterior de la masía y detrás el campo vibrando bajo el calor de agosto, mientras tus dedos corren por la cabeza de un desconocido.

De repente Joffrey se va, saltando y repartiendo gritos de felicidad por la sala del centro de acogida para Autistas. Te quedaste solo, tratando de entender la razón de sus saltos alegres. Sabes que la respuesta no está compuesta  ni de palabras ni de frases sensatas, sabes que no sabes pero no estas ahí para quedarte  parado delante la ventana para nada. ¿O tal vez, la nada será algo? Algo que dé forma a las cosas y los pensamientos. Como la materia negra del universo que abraza la luz de las estrellas. Tal vez la ausencia de razón es una puerta hacia lo que no sabes y tal vez sea difícil pero solo te puedes rendir a ella o cerrar la ventana.

Joffrey fue dejando al silencio la tarea de contener el eco de sus gritos felices mientras la oscuridad del universo se dedicaba en sostener la luz de nuestras visiones de silencio.

Y tú, te columpias entre dos realidades.

¿Cerrarás los ojos para ver? ¿Escucharás  a tu piel acariciando al aire como en las islas? ¿Sentirás a tus pies dando besando de amor a la tierra? ¿Dejarás que el universo entre por tus narices y luego dejarás que se vaya llevando tu vida fuera? Vacío, disfrutas un momento de la pequeña muerte sin nada mas que una catedral vacía para comprender lo efímero y lo bellos que somos. Todos.  

Ya no hay columpio, ya no hay paredes, ya no hay suelo,

solo una ventana y el paisaje vibrando bajo el calor de agosto.

Y para ti, el tesoro que contiene la caricia de un secreto.

Los Atlas de sus razones

 

Sus ruidos son mis sombras,

Mis silencios podrían ser sus luces

Pero corren, se agitan

Siempre algo que hacer.

 

La tempestad en sus ojos,

Y ningún faro en el horizonte

Sin embargo os espero

Sentado en uno de los hilos de sus razones.

 

Mi soledad es verdadera, mi soledad es pura

El vacío es grande, el vacío no es nada

Porque el reflejo de su realidad dura

Se desvanece en la superficie agitada de sus necesidades

 

Al final del desierto, ultima frontera de sus normas, yo vigilo.

Yo y los otros, en los puestos avanzados del silencio enorme,

Delimitamos vuestras maravillas.

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